¿Cuántos más?

El motivo principal era conseguir dinero para continuar en el viaje. No sabemos si subió con resistol, con heroína o con tachas de veinticinco pesos. Traía imágenes endémicas en su cabeza y cientos de espirales coloridos. Podían escucharse sus pulsaciones enérgicas. Acarreaba los ojos inflados y rojos. Buscaba fuera lo que jamás tuvo internamente. Los bolsillos no le ayudaron a alargar esas sensaciones. Le fue difícil asimilarlo.

No sabemos qué pasó antes. Él caminó en la noche joven del viernes, queriendo salir de sí, buscando, buscando. Entró sin más a la primera casa que le dio la gana. Sólo quería dinero para seguir así. Atrás de la puerta, el hombre asustado, empieza a pedir auxilio, aterrorizado grita, no sabe cómo reaccionar cuando se conoce al atacante, cuando esa persona lleva otra dentro.

Sale el vecino a toda prisa para ayudar al hombre asustado. Ambos empiezan a evitar el asalto. El miedo no se fue esa incipiente noche: se paseó entre ellos hasta llegar al pánico. No supieron a qué aferrarse para no estar en ese tiempo y espacio.  No sabemos cuánto duró el altercado, ni qué exclaman. Los gritos y el ruido no cesan. Los demás oídos alrededor sólo oyen, no escuchan se vuelven autistas por ese momento, no se cimbran para auxiliar.

El aliado de muchos como él brilla en la oscuridad. Es afilado, compañero de otros altercados. Él lo sujeta fuerte por el mango, exige el dinero que no llega. Para hacerles saber que no es juego, él acuchilla al hombre asustado una vez, revira con el vecino y le clava desaforado tres veces su daga. Sin más, sigue su camino. Nadie más se le pone enfrente, sigue como después de ir a misa.

Se desconoce qué hizo él después. Sabemos que ya no volvió a su casa, a cuadra y media de esa trifulca. Al hombre asustado y al vecino los llevan al hospital. El primero corre con mejor suerte. La lesión sana rápido. Las heridas del vecino y de su familia les llevarán más de una vida sanarlas. La contusión de la rodilla provoca un desangrado vertiginoso. En el quirófano se complica y orillan a los médicos a amputar la pierna del vecino. No cercenaron sólo una pierna, sino los sueños de la familia, la indignación de cometer el pecado de vivir con un trabajo digno y de prestarse para ayudar al desesperado.

Cuando regresan a la vivienda de él a exigir cuentas, su esposa responde que desconoce dónde está. Ella creé que huyó, lo cual agradece en el alma. Él deja su casa, a ella y a tres niños sin la presencia de sus gritos, exigencias, sus golpes y sus constantes viajes. Este relato no es una novedad en la reciente historia lagunera. Es cruel aceptarlo, pero forma parte de la vida cotidiana. Pasa lo que hace años en el Distrito Federal era difícil no saber de algún caso cercano dentro de la familia, de amigos o en la colonia.

Esto no es final. Es un nuevo inicio para don Felipe quien estuvo en el lugar incorrecto en la hora incorrecta. Quien se equivocó por estar el diecisiete de diciembre en su casa cuando la noche iniciaba. Su error fue vivir a cuadra y media de la casa de él, en la colonia La Fuente, en Torreón. Don Felipe es una persona real, con nombre y apellido es uno de los muchos casos no ventilados en los medios masivos. Felipe Valenzuela De Santiago es una víctima silenciosa, al igual que muchos otros ignorados en el diario, en las calles, en las conversaciones de café y en la cita con la justicia. Indigna y hierve saber lo sucedido. Enfurece más imaginar que él anda por ahí, reproduciendo hechos similares. Después de esto, ¿cuántos más? El solamente camina y sigue.

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